Tradicionalmente se piensa que la mujer accede a puestos de trabajo con menor remuneración y eso nos hace más vulnerables, pero la discriminación no acaba en el salario o en el puesto de trabajo. Analicemos el caso de la sanidad.

Antes, cuando la Medicina era una profesión de prestigio y la formaban en su mayoría hombres, eran puestos bien remunerados y estables. Ahora que el 50.4% de los médicos y el 79% de los nuevos colegiados son médicas (datos de 2017), la precariedad se ha generalizado hasta llegar a niveles inusitados y los salarios han menguado sensiblemente. Mientras, las agresiones a los profesionales sanitarios han crecido exponencialmente, y no deja de ser llamativo que el grupo que más agresiones recibe sean las mujeres entre 41 y 60 años, franja de edad donde no son mayoría; y el lugar donde más se producen es en la Atención primaria (69% del total, datos de la encuesta nacional de la Organización Médica Colegial). Parece que el prestigio social y el respeto vayan de la mano de lo masculino y de lo hospitalario, donde está el poder y los recursos mayoritariamente.

En Andalucía, el 64% de la plantilla total del SAS somos mujeres (las auxiliares de enfermería mujeres son el 94%, las auxiliares administrativos el 84% y las enfermeras el 73%, por poner algunos ejemplos), pero sólo el 8% de las jefaturas de servicio las ocupan las mujeres. Somos un enjambre de abejas hacendosas para los cuidados de la población, pero el poder de decisión en la colmena no recae en abejas reina.

Ser mujer y sanitaria es además un problema familiar de gravedad. Jornadas de duración insufrible de 24 horas (hasta hace no mucho 35) son lo habitual y sin descansos compensatorios por lo que la conciliación laboral y familiar es una entelequia, también para los hombres, por supuesto, y aún peor para las parejas en que ambos trabajan en esto, una situación muy frecuente. La posibilidad de eximirse de esas jornadas tan largas sólo es posible durante el embarazo y el primer año de vida de los hijos, como si un niño de 13 meses no necesitara los cuidados de su madre, y de su padre. Muchas nos quedamos con sólo un hijo.

En definitiva, la feminización de la Sanidad no nos ha traído a las mujeres precisamente una situación laboral, personal o familiar ni idónea ni satisfactoria. Sin embargo, los estudios demuestran que las personas, hombres y mujeres, prefieren mayoritariamente que les atiendan médicas, y que ello repercute en una mayor supervivencia y satisfacción. En el ámbito de la sanidad privada la situación de la mujer es aún peor, el salario es un 30% menor que el de los hombres.

A las mujeres de la sanidad nos queda mucho por conseguir: respeto, reconocimiento, igualdad, conciliación familiar, jornadas razonables…

El 8 de marzo  hacemos huelga y salimos a la calle. Que se nos vea y se sepa.

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